D’Agata y el desdoblamiento de los tiempos

Captura de pantalla 2016-01-05 a las 19.13.19Cambiamos de año y no he hecho ni recuento del anterior ni promesas para el siguiente. Nos reímos mientras otros están de luto y lloramos de pena cuando aquellos lo hacen de felicidad. No existe un principio ni un final, todo es pasado, presente y futuro. Las penas no vienen solas, simplemente porque la vida no se compone de hechos aislados.

Pero creo que, mejor que yo, es Antoine D’Agata quien ha sabido expresar excelentemente este concepto tan unido a la teoría del desdoblamiento de los tiempos en su exposición ‘Anticorps‘, abierta al público en La Térmica (Málaga) hasta el 5 de febrero. Las imágenes, las series y los recuerdos se mezclan, se entrepisan y se contaminan, haciendo de la sala completa una única obra.

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Tres experiencias minimalistas: A Dark Room, Candy box y Green dot

En un mundo cada vez más visual hay algunos fotófagos a los que aún nos gusta soñar blanco y negro. Hoy escribo sobre tres pequeños cybercaramelos que no necesitan más que caracteres ASCII sobre un fondo #fffff para construir castillos, bosques, accidentes y fábricas de caramelo. Se trata de dos juegos “online text-based role-playing” (no traduzco porque en inglés se entiende mejor) y un corto.

A Dark Room:

Un miércoles de julio entraba en la BPI para afrontar una nueva tarde de redacción de mi tesina cuando vi que en la sala de videojuegos había un ciclo sobre el apocalipsis. No hizo falta que el animador/mediador que dirigía la sesión nos insistiera mucho para que Lucie y yo nos acercáramos a escucharle. Entre los juegos típicos de gráficos espectaculares de ciudades en ruinas y zombies había una pantalla completamente en blanco, se trataba de A Dark Room. Durante la siguiente hora Lucie y yo hicimos algo mucho más interesante que nuestra tesis, jugar a echarle leña al fuego, alumbrar la cabaña y salir al bosque a recoger más leña. Pero me resultó tan adictivo que en la siguiente semana no pude parar de jugar hasta que lo terminé. Y todo sin un solo gráfico, sin una sola imagen.

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El gato salvaje vino a por mimos

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El cuadro de la derecha lo pintó la abuela. Es uno de los invernaderos de Santa Teresa. Y cuando me lo regalo, me dijo: “Para que siempre tengas un recuerdo del tiempo maravilloso y toda la gente buena que encontraste en Uruguay”. El árbol de metal lo compramos en una excursión a Ikea con Marta y David, mis compis de piso en Madrid. Ahora ella debe estar defendiendo su tesis predoctoral con un bebé dentro de la panza. La flor naranja me la regaló Nico, un francés de esos amigos-casi-hermanos con el que vivía en Holanda. Las estrellas de la ventana vinieron de Barcelona hace por lo menos 6 años, y en la foto a lo lejos se nos ve a mi hermano y a mí en alguno de esos eternos veranos de vacaciones en la playa. La compu tiene teclado francés, y aunque Gregor tenga pasaporte europeo, es montevideano. En la pantalla, una memoire a medio hacer sobre valores de la cultura digital, espacios públicos, jóvenes e interculturalidad.

No existe el tiempo, ni presente ni pasado.
El tiempo no es más que una suma subjetiva de recuerdos.

Exiliarse del exilio de Internet

¿Se acuerdan de cuando preguntábamos por Twitter si nos cortábamos el pelo o no?

¿De cuando compartíamos que el día había sido una mierda por culpa de tu jefe?

¿De cuando hacíamos check-in en Foursquare porque nadie vivía en tu ciudad?

Y ahora que sabemos quienes somos y que aquellos saben dónde encontrarnos… ¿a dónde vamos?

¿Dónde se exilia una cuando el lugar de exilio ha sido también ocupado?

Apertura y reconquista, apertura y reconquista. En eso consiste. Y así es como seguimos avanzando. Algunos soñando con el exilio, y otros ocupando nuestros espacios para volver a atarnos los pies a la tierra.

Exilio, “extimité”, autocontrol… y en el camino quizás nos quedemos vacíos de palabras

¿Me corto o no me corto el pelo?

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“Un perro andaluz”, Luis Buñuel